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JOSÉ BARCELÓ, UN FRANCOTIRADOR DE LA VANGUARDIA
Cuando Barceló llega a Bilbao, recién cumplido el servicio militar, es un pintor poco experimentado, pero su idea de la pintura que ha palpado en su Cartagena natal, en Granada, en París y Holanda por donde viaja recién terminada la II Guerra Mundial, dista mucho del pintoresquismo tradicional que aquí se cultiva.

 


En ese proceso de modernidad -innovación -vanguardia que se va gestando entre 1940 y 1960, Barceló es desde sus orígenes como pintor, un artista innovador. Desarrolla por entonces una pintura figurativa avanzada, que a finales de los cuarenta se tiñe de un marcado contenido social, resultado de su compromiso con el grupo que se forma en torno al gran poeta local Blas de Otero. Su carácter innovador no va a pasar desapercibido y en 1951, cuando tan sólo cuenta 28 años, es seleccionado para la 1 Bienal Hispanoamericana de Arte, aquella exposición que, hemos apuntado, cambió el devenir de la vanguardia en España. También hemos de recordar que fue seleccionado para la II Bienal que se celebró en La Habana, pero retiró su obra, en solidaridad con un artista amigo, cuya obra había sido censurada por el régimen.

 


Hacia finales de los 50 era yo un estudiante universitario que frecuentaba las galerías de arte. Recuerdo que Barceló presentaba una especie de bodegones, paisajes y figuras casi abstractas, ininteligibles para mis cortos conocimientos pictóricos. Sin embargo, observaba el respeto que merecían sus trabajos a cuantos contemplaban las exposiciones, lo que hacía que, al menos para mi, el artista tuviera una especie de aureola que le preservaba de cualquier crítica. Con el tiempo, a medida que me iba identificando con la pintura de Barceló, fui comprendiendo que el artista había merecido tan alto crédito, no sólo por su enorme calidad plástica, sino por su honestidad como pintor.

 

 

Como artista abstracto, desembarcará en el informalismo de forma definitiva a finales de los 50 era él, el único respetado e incluso comprendido por estas tierras. A este respecto resulta ilustrativo recordar el escándalo de la exposición abstracta de Tápies, en el Museo de BB.AA. de Bilbao, en abril de 1960. Todo lo contrario de lo que ocurrió con Barceló tres meses antes, cuando con motivo de su exposición en enero en la Galería Illescas, presentó unas obras abstractas, aunque mucho más líricas y menos áridas que las de Tápies, recibiendo críticas alborozadas, llegando a afirmar un conocido comentarista: "Digamos sin exageración que Bilbao ha dado, al fin, un pintor de la nueva generación que puede andar solo por el mundo".
Del por qué Barceló terminó abrazando la abstracción después de más de 10 años de proceso evolutivo, en un marco de trabajo tan provinciano y costumbrista, aunque no hostil para él como hemos comprobado, nos llevaría a mil y una conjeturas, si no fuera porque él mismo nos lo ha revelado. Barceló era, como queda dicho, un pintor de figuración de corte innovador. Al principio de los 50 hacía retratos -de gran calidad y modernidad, por cierto- pero reflexionaba sobre el papel de la fotografía y sus muchas posibilidades como arte, algo que también rumiaba en lacabeza de A.Schommer, un pintor que terminó pasándose a la fotografía, con excelentes resultados artísticos. La pintura figurativa es parcela reservada a la fotografía, se decía. La pintura tiene que ir por los derroteros del color.

 

Con esa idea fija, comenzó a deshacer cada vez más sus figuras, que fueron pasando de la línea a la forma y de ésta al color. En ese proceso, Barceló es un francotirador de la vanguardia vasca. No sólo está aislado en Bilbao, sino también en su proceso creativo, que nace de su interior, sin mimetismos ni influencias externas. Por ello la pintura de Barceló es tan personal y tiene tan escasas connotaciones con otros artistas abstractos. El proceso evolutivo culmina a principios de los 60, siendo el primer pintor vizcaíno que realiza una exposición completamente abstracta. Es ya un pintor muy reconocido y punta de lanza de la vanguardia vasca.